10.29.2008

Ser niña


Tengo que escribir dos cartas esta semana. Nunca había tenido ese encargo y esas ganas. La primera es para mi abuela, a pedido. La segunda es para la pintora erradicada en el sur. He escrito tantas veces la última, tantas veces pero no en papel, que parece chiste. De pronto, me ha parecido todo un encanto tener que escribir correspondencia. Es medio ñoño, pero tiene un sello romántico, inocente, que jamás tendrá un mail. La carta que escribiré a pedido de mi abuela tendrá que ser en computador, porque va dirigida a una excelentísima autoridad. La octogenaria dice que es la única forma y nunca he dejado de conmoverme con su fe. Aunque a veces la odie, la odie tanto como la amo. La carta que escribiré a mi pintora favorita será a mano. Porque es distinto así. Es real y tan frágil a la vez. Tendrá mis pulsaciones, mis pausas, mis silencios. Siento que viajaré al sur en esa carta, que nos sentaremos frente al lago, fumaremos un cigarrillo barato y hablaremos de lo que siempre quisimos hacer. Lo que ella hizo, y yo, no. Y escribo esto mientras como el chocolate que trajo mi papá. Creo que me derretí más que el alimento engordador ese. Me sentí niña, pequeña y consentida otra vez. Me quedo con ese dulzor y me voy a dormir.

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